jueves, 20 de abril de 2017

Lucy Beaman Hobbs Taylor, la odontóloga pionera

Lucy Beaman Hobbs Taylor fue la primera mujer graduada en Odontología en el mundo. En 1866 obtuvo su diploma universitario en Cincinnati (EE.UU), en la Ohio College of Dental Surgery. Ella deseaba ser médico, pero ninguna universidad norteamericana de la época la aceptó por ser mujer, entonces decidió entrenarse como dentista y después de varios años de práctica sin diploma la universidad permitió su inscripción.

                                                     
Lucy nació en 1833, fue la séptima de diez hermanos nacidos en una pequeña cabaña de troncos en Ellenburg Town, New York. La vida era dura en aquellos tiempos, y para añadir a la triste niñez de Lucy, su madre muere cuándo ella tenía diez años, y su madrastra (ya que su padre pronto volvió a casarse) murió cuando ella tenía doce. Junto a un hermano mayor ingresa a la Academia Franklin en Malone, donde se convierte en maestra en 1849.

Ejerció varios años en escuelas de Brooklyn hasta que se muda a Ohio donde intenta sin éxito estudiar medicina y más tarde odontología, siendo rechazada en todas las universidades del país con el único argumento de su condición de mujer. Su valor extraordinario, motivación y orgullo determinaron que finalmente hicieran caso a sus pedidos y fue aceptada como alumna haciendo una carrera brillante.

                              
Con 33 años de edad, Lucy Hobbs se convirtió en la primera mujer en obtener un diploma universitario como dentista y luego también en la primera mujer en ser admitida como miembro de una sociedad odontológica. Incluso fue la primera mujer en la historia de la Odontolgía mundial en presentar un trabajo científico ante una Sociedad Dental. Después de su graduación, abrió un consultorio en Chicago y, en 1867, contrajo matrimonio con James Myrtle Taylor, un veterano de la guerra Civil que había sido su paciente. Escapando de los fríos inviernos de Chicago, se mudaron a Kansas y Lucy comienza a enseñarle a su marido el arte y la ciencia de la odontología. Practican juntos la profesión en la ciudad de Lawrence, entre los años 1867 a 1907.

                                             
James muere en 1887 y Lucy muere poco tiempo después de retirarse, el 3 de octubre de 1910. Fue sepultada al lado de su esposo en el cementerio de Oak Hill, Kansas. Su diploma se conserva en la colección del museo State Historical Society en Topeka como un significativo documento histórico.

La determinación de esta mujer abrió el camino a la causa de muchas otras mujeres y su espíritu ha sido un ejemplo de esperanza y valor y la guía para muchas otras luchadoras de los derechos de la mujer.

jueves, 16 de marzo de 2017

El crímen de Orcival de Émile Gaborian

Nos declaramos lectores incondicionales de la Editorial D'Epoca y de los misterios que se escribieron en el s. XIX. Aunar dos de nuestras pasiones y que de ello nazca una novela como "El crimen de Orcival" (452 páginas, PVP: 24,90 euros, con ilustraciones de Iván Cuervo. Incluye como obsequio marcapáginas y lámina réplica de la ilustración de cubierta) es sencillamente gratificante.

 
Sinopsis: Se ha cometido un asesinato en el Castillo de Valfeuillu, propiedad del conde de Trémorel. Mientras la policía local de Orcival está convencida de haber encontrado a los culpables y da por concluida su línea de investigación, llega un detective especial de París que se hace cargo del caso y reinicia la investigación con sus propios métodos...
 
Con una soberbia introducción de Juan Mari Barasorda en la que hace un repaso por las novelas de detectives más importantes durante el siglo XIX, sus diferencias y similitudes, lo importante no es descubrir para darle el pódium al escritor que elaboró por primera vez en la literatura decimonónica el personaje del detective amateur sino el analizar qué hace de ese personaje, un gancho para los lectores de entonces y los de ahora.
 
 
La novela encierra un misterio, un asesinato que se presenta en las primeras páginas y que en pocos capítulos, el lector ya sabe desentrañar. A Gaborian le interesa menos el caso que los personajes y sobre todo, el método deductivo que Lecoq lleva a cabo. La primera mitad del libro, más ágil por cuanto encierra el asesinato y las pistas, da paso a una segunda mitad en la que se conoce más a fondo al cuarteto protagonista: Héctor, conde de Trémorel, su esposa Berthe, Clément Sauvresy y Jenny Fancy. Otros personajes como la señorita Laurence Courtois o el padre Plantat también están muy definidos tanto por sus actos como por sus sentimientos. No es una novela de misterio propiamente dicha (aunque sí que encierra varios y sobre todo, un asesinato), sino más bien una en la que, a través de varios enigmas que el autor nos propone, nos sumergimos psicológicamente en el carácter de nuestros protagonistas. De ágil lectura, esta historia redactada en 1866 contiene más diálogos que descripciones y Gaborian, consciente de que no debe aburrir a sus lectores, propone primero un juego de pistas y luego un flashback para que conozcamos la vida anterior de los personajes en una sociedad francesa en la que nada era lo que parecía ser de puertas para fuera.

domingo, 19 de febrero de 2017

Exposición "La moda romántica"

Muchas son las razones para visitar el Museo del Romanticismo de Madrid y pocas las excusas. En estas fechas, a las primeras se une la exposición (en colaboración con el Museo del Traje) sobre "La moda romántica" (Octubre 2016 - marzo 2017) en el que a lo largo de todo el museo (y la sala de exposiciones temporales) se muestran algunos vestidos del siglo XIX abarcando el final del periodo Imperio, el romántico y el de crinolina.
 
 
Las prendas se reparten por las distintas dependencias creando un museo vivo, más acogedor aún, en el que parece que estas prendas sin cuerpo o cabeza (como aquel jinete de Sleepy Hollow extraído de la imaginación de Washington Irving) salen al encuentro de los visitantes para darles la bienvenida y mostrar mejor aún cómo se vivía en los tiempos de la España Romántica.
 
Además de la combinación magistral con el que estas piezas textiles se incluyen en el discurso expositivo, hay que remarcar que se encuentran expuestos sin vitrinas o escaparates, lo que permite la visión global de las prendas y visionar detalles que de otra manera, pasarían por alto como por ejemplo los cierres de los cuerpos, de las faldas o de los chalecos.
 
 
Aunque la selección dispone de más vestidos femeninos, no se olvida del mundo masculino, representado en mucha menor medida y distinguido por Brummell y en menor medida por Mariano José de Larra.
 
 
La figura del dandy está remarcado a través de la levita de "Fígaro" y de dos chalecos que permiten ver sus bordados y la calidad de las telas. Tampoco la exposición se olvida de las revistas de moda que en el siglo XIX surgieron y se popularizaron, permitiendo ver las prendas de verano y las de invierno.
 
Mención aparte merece el traje infantil situado en la habitación de juegos y que permite comprobar que los niños vestían como los adultos en menor escala.
 
Por último, hay que destacar que en el recorrido de la exposición se puede admirar una prenda histórica cedida temporalmente por el Museo Arqueológico Nacional. Se trata del corsé de Isabel II con el que fue apuñalada por el cura Merino y cuya historia ya relatamos en una entrada anterior.
 
 El corsé, obra invitada en el museo hasta marzo, nunca había sido expuesto con anterioridad y es una manera de conocer con detalle un suceso que conmocionó a personajes y prensa de la época. En él se aprecia admirablemente el desgarro sobre la tela que ocasionó el arma, el tallaje del cuerpo de la reina y la fabricación de una prenda íntima que tuvo en el siglo XIX su mayor imperio.
 
En definitiva, os animamos a que visitéis el Museo del Romanticismo, que imaginéis con todo lujo de detalle cómo se vivía hace dos siglos y que os recreeis con las prendas y las historias que destilan.
 

 

 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Arriba y abajo: criados y señores en el siglo XIX

¿A quién no le suena de oídas o ha visto "Downton Abbey" (ITV, 2010-15), "Arriba y abajo" (1971-75) o "Gosford Park" (2001)? ¿Qué tienen en común? Además de la buena ambientación y algunos puntos estéticos más, el que en ellas se refleja con precisión la relación entre la servidumbre y los señores.
 
Para la sociedad victoriana y durante el siglo XIX en general, la familia era lo más importante en la vida, y el hogar, el lugar idílico donde cuidarla. El modelo e icono donde reflejarse era la propia reina Victoria y su esposo Alberto, quienes con sus 9 hijos, eran el espejo en el que las familias británicas se miraban: un hogar pacífico, amoroso y respetable.



En el  rol familiar, el padre era el encargado de mantener a la familia, y sus decisiones eran incuestionables. El papel de la mujer era el de ser buena esposa y madre (de hecho hasta 1882 una mujer casada era propiedad de su esposo, como podía serlo una hacienda o una herencia). En suma: la mujer era, como se fue definiendo a lo largo del siglo,“el ángel del hogar”, una persona que debía hacer de la casa, un lugar apetecible donde a los maridos les gustase estar. Un libro de referencia para todas las mujeres era "Book of Household Management", escrito por Elizabeth Beeton (existe una película relativa a su vida) donde la autora daba consejos para convertir a la mujer en una perfecta ama de casa y anfitriona.
 
 
Las familias eran frecuentemente numerosas (en las clases bajas porque todos echaban una mano en el trabajo y en las clases elevadas para asegurarse la perpetuidad del linaje y del apellido, ya que era alto el índice de mortalidad infantil. Hay que recordar que la sociedad no aceptaba los métodos anticonceptivos, por lo cual, no existía control alguno). En la aristocracia y en la burguesía, los niños eran criados con reglas estrictas, donde la obediencia era parte esencial de su educación. La vida de los niños se desarrollaba en las habitaciones de juegos, donde las niñeras se ocupaban de sus lecciones, juegos y comidas. Luego vendrían las institutrices para impartirles una educación más completa y sofisticada. Por lo general, los varones eran enviados a escuelas privadas mientras que las niñas, solían quedarse en casa aprendiendo de estas institutrices.

Este personal (tanto niñeras como institutrices) solía vivir en la planta noble de las casas, pero en habitaciones mucho más modestas, pequeñas y alejadas del núcleo principal o bien compartían dormitorio con el objeto de su trabajo. Los sirvientes "comunes" que toda casa disponía (en función de sus ingresos, podían existir cocheros, lacayos, mayordomos, ayudas de cámara, amas de llaves, doncellas, cocineras, pinches de cocina ...) vivían en la planta baja y cada uno de ellos usaba un uniforme diferente según su trabajo y su rango. Todos ellos formaban una pequeña familia, puesto que solían entrar a servir siendo muy jóvenes y solían permanecer toda su vida en esa casa. Por lo general, no se casaban o si lo hacían, era entre ellos para no perjudicar su trabajo en casa de sus señores.
 

Los niños eran quienes más se relacionaban con ellos; la señora debía controlar que no existiese conflicto entre ellos y que el servicio cumpliese con sus obligaciones. Diaria o semanalmente se encargaba de organizar con la cocinera las comidas y cenas, tanto ordinarias como de gala, que se celebrasen en el hogar. Para su arreglo personal, contaba con una o varias doncellas. El señor hacía lo propio con su ayuda de cámara, por lo general, personas de su total confianza.


Las referencias (sobre todo literarias) sobre las relaciones entre los de arriba y los de abajo, son constantes en el siglo XIX y no están excluidas de polémica, pues el escándalo podía saltar cuando el señor de la casa o el hijo se aprovechaban de una criada y ésta acababa encinta. Desde la misma casa, se ocultaba el escándalo con un acuerdo que en la mayoría de los casos consistía en el despido de la sirvienta y algo de dinero para mantener el secreto.
 
Con el estallido de la primera guerra mundial, muchos aristócratas vieron innecesario el mantenimiento de tanto servicio a su cargo. La frivolidad y el paso de las modas provocaron que las haciendas se hiciesen más pequeñas, los núcleos familiares más reducidos y la atención doméstica, más escasa, produciendo así que la línea entre los de arriba y los de abajo, fuese cada vez menos notoria.  

jueves, 19 de enero de 2017

La Belle Époque

Hay muchas veces que en Arte o en Moda usamos el término “victoriano”, “eduardiano” o “Belle Époque” para designar a un periodo histórico concreto. Si las dos primeras acepciones provienen del inglés y abarcan en el caso del primero el reinado de la reina Victoria (1837-1901) y en el caso del segundo, el periodo del rey Eduardo (1901-10), la “Belle Époque” procede del francés para designar aquel periodo tan boyante en el país franco, abarcando desde aproximadamente 1890 hasta la primera guerra mundial.



Precisamente con el estallido de la contienda, fue cuando se afianzó este término de “la bella época” para recordar con nostalgia aquel pasado de esplendor en el que Francia fue una potencia a nivel cultural, creativa, económica y de libertad. París, por aquel entonces, era la capital icónica de la moda y las artes (el modernismo, el cinematógrafo, el cartelismo…) a la que imitaban el resto de ciudades en cuanto a modernidad, avance y estilo.
 
Sus calles y bulevares resplandecían en torbellinos de alegría, pasión y arte. Las exposiciones universales de París de 1889 (con la famosa torre construida por Eiffel y símbolo ya de la ciudad eterna) y de 1900 difundieron aún más el glamour de esos años felices, desapareciendo bajo el estallido de las bombas, la miseria y los años de penuria y desgracia de la Gran Guerra.