jueves, 20 de julio de 2017

Urbanidad y cortesía

Dentro de los muchos tratados de urbanidad que a lo largo del siglo XIX y comienzos del siglo XX se publicaron resaltamos el de Saturnino Calleja (1901) para la Biblioteca de las escuelas. El texto, indicado para que los niños, desde su más tierna edad conozcan los métodos de cortesía, educa para integrarse en la vida social del momento.
Tras una reflexiva introducción en la que se nos anuncia del propósito educacional del tratado, el primer capítulo y siguientes abarcan la moralidad, los deberes con Dios, con la patria, individuales, con nuestros padres, con la sociedad, ... El capítulo VII, referido a la cortesía, nos involucra en el afecto, la deferencia o el respeto que nos merecen las personas con quienes tratamos. El capítulo VIII está dedicado al aseo y la limpieza. Algunos consejos que extraemos de este apartado es que "todos los días debemos dedicar algo de tiempo al aseo de nuestro cuerpo (hacer gárgaras, lavarnos la dentadura interior y exterior, limpiar nariz, oídos y uñas) y de nuestros vestidos. Es desaconsejable poner la mano delante de la boca al estornuda o toser y se recomienda el uso de un pañuelo". También ofrece consejos para la limpieza del hogar.
El capítulo XVI nos resulta llamativo por cuanto se refiere a los deberes en la calle, aplicado a que "el traje que usemos debe de ser honesto, serio y conforme a las costumbres establecidas.
Conviene acostumbrarse a dar a los brazos un movimiento suave y natural y hay que saber que las personas bien educadas ni silban, ni se ríen ni hablan en voz alta ni se fijan detenidamente en las personas cuando pasean por la calle. Las damas no deben se ser detenidas ni deterner a nadie, a no ser en casos muy excepcionales. Si encontramos en la calle a algún amigo con quien deseemos hablar, no debemos imterrumpirlo, sino aproximarnos a él, seguir su camino (aún cuando sea el opuesto al nuestro) y separarnos de él al llegar a su primera esquina".
El capítulo XVII hace mención a los deberes entre personas que se visitan, diferenciándose cuatro: de etiqueta, de confianza, de intimidad y de negocio. "En ningún caso debe visitarse a persona con quien no se tenga alguna relación (hasta en las visitas de etiqueta o dedicadas a negocios es precioso tener, cuando menos, una tarjeta o una carta de recomendación). En las visitas de etiqueta debe usarse el traje negro, severo, elegante.
A las visitas de confianza se asiste con el traje que se acostumbra a usar en la calle. Devolver o pagar las visitas es una obligación. Las visitas, por lo general, deben ser cortas excepto cuando el visitante participe con frecuencia en la tertulia de la casa que visita. En cuanto a las tarjetas con las que nos presentamos, si se dobla la parte superior de la izquierda, indica "despedida"; la inferior de la izquierda "felicitación". La superior de la derecha "visita simple" y la inferior del mismo lado, "pésame". Además, sólo en casos muy excepcionales, podremos vivir hospedados con una familia, aunque sea por pocos días, pues el huésped siempre causa molestias, aumenta el gasto y puede ser motivo de trastorno del orden establecido en la casa".
El capítulo XVIII estipula los deberes en las solemnidades y actos públicos y el XX a los que asisten a diversiones públicas ("las señoritas nunca deben asistir a fiestas donde suelan acudir personas incultas").
El capítulo XXI hace mención a las buenas costumbres en la mesa: "Si se trata de grandes banquetes, existirán criados y camareros mientras que en las mesas de confianza y de familia muy escasa, la señora sirve la sopa y el dueño sirve y trincha los demás platos. Ninguna persona debe tomar su asiento en la mesa hasta que no lo haga la señora de la casa, que ocupa el puesto de preferencia. Los demás asistentes irán colocándose según su condición y edad a derecha e izquierda de los dueños de la casa, que ocuparán las dos cabeceras de la mesa.
No deben apoyarse sobre el tablero los codos ni el antebrazo y durante la comida, no se han de ocultar nunca las manos ni tenerlas sin movimiento, como si estuviesen pegadas. En la mesa debe sostenerse una conversación animada, entretenida, sobre asuntos que en ningún modo puedan causar tristezas ni promover discusiones. La risa es un auxiliar poderoso de la digestión. Es útil e higiénico hablar y reir en la mesa per nadie debe hablar ni reír cuando tenga la boca ocupada y cuando la señora de la casa se pone de pie, toda la concurrencia debe imitarla".
El capítulo XXIII y último se basa en la cortesía de la conversación, en las reglas de urbanidad aplicables a los que se refieren a las palabras, a los gestos y ademanes de la conversación. 

Aquí teneis el texto digitalizado para su mayor difusión y conocimiento: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/manes:l_t_630/PDF
Esperamos que os haya gustado y que pongáis en práctica algunas de estas recomendaciones. No todo está pasado de moda ni es anacrónico... ;)

domingo, 2 de julio de 2017

Evolución en la moda femenina en el siglo XIX

En otra entrada a este blog, os hablábamos de la evolución de la moda masculina en el siglo XIX y hace tiempo que deseábamos hablar de una época en la que la indumentaria y su evolución estuvo dedicada y enfocada al mundo femenino.

Nuestro post no pretende ser un estudio profundo de periodos estilísticos, sino un breve compendio. Hay en la red muy buenas páginas relacionadas con la moda ( tanto histórica como específicamente victoriana) como la de Pablo Pena que reseñamos como una de las mejores. Nuestro interés al escribir esta entrada es la de exponer de manera clara unas características destacadas para que se pueda identificar cada periodo de moda femenina en el siglo XIX y circunscribirla a unas décadas o años concretos.


De esta manera, el vestido con el que inauguramos el siglo decimonónico es aquel que proviene de Francia y pone de moda Josefina Bonaparte, esposa de Napoleón, hacia 1800. Toda Europa mira hacia esta corte imperial tan fastuosa como lujosa y aunque muchos países están en guerra contra el militar, sus mujeres no pueden sino suspirar por imitar unos modelos que la primera dama luce con orgullo y elegancia. Es por ello por lo que este vestido se conoce como "Traje Imperio" o "Vestido Regencia" ("Empire gown"). El diseño de día consiste en telas muy finas, gasas y muselinas de colores muy claros. El talle se corta bajo el pecho con escotes algo pronunciados (en el modelo de noche serán más acusados y sobre todo en Francia. En el resto de países, los escotes serán más subidos y siempre bajo el uso del corsé). Bajo el pecho se puede llevar una cinta o algún adorno de color. Este traje, sin marcar las curvas de la silueta femenina, es de talle hasta los tobillos y mangas o bien de farol o bien estrechas y largas.



Es la época en Inglaterra de Jane Austen en el que se desarrollan todas sus novelas. El traje de noche, igual en forma, utiliza más encaje y pasamanería, brocados, chales provenientes de la India estampados de vivos colores y telas más lujosas como el terciopelo.















A este vestido tan delicado se le unen otros complementos: la pelisse (un abrigo hasta el suelo y cerrado por delante), el manguito para proteger las manos, la spencer (una chaqueta cortada a la altura del pecho, generalmente con doble botonadura) y los bonetes, que es el sombrero más usado en esta época y se ataba mediante cinta, bajo la barbilla. Según fuera de paseo, de campo o ciudad, se adornaba más o menos con lazos, flores y plumas. 



 Hacia 1820 aproximadamente los trajes se van abullonando y se comienzan a recargar. El talle se complica, baja la cintura y la falda se llena de volantes y enaguas bajo ellas. Las telas se vuelven más sobrias, aunque muchas de ellas irán estampadas y existe más variedad en los colores. En los años 30 y 40 las mangas se hacen más grandes llegando a llamarse "mangas de jamón" y requiriendo unos armazones que las sujetaran y guardaran la forma. Los peinados se complican acorde con los trajes y surgen los de "jirafa" que son elevados y también necesitaban de alambres para que se mantuviesen altos. 

En Reino Unido comienza a reinar la Reina Victoria en estos años y a este estilo comienza ya a llamarse "Victorian dress" aunque en Europa se le conoce como "estilo romántico" porque es cuando el movimiento Romántico alcanza su plenitud y en España tomará el nombre como "estilo Reina Cristina" (por la esposa de Fernando VII, Mª Cristina de Borbón y Dos Sicilias y Regente hasta la mayoría de edad de Isabel II). Bajo estos vestidos estampados, motivados en gran parte por la revolución industrial que crea nuevos colores y motivos, se esconden multitud de enaguas para abullonar las faldas y un corsé que comienza ya a dejar ver la silueta del reloj de arena. Las telas

No obstante, hacia 1850 los vestidos pesan tanto y están tan ajustados a la cintura creando la figura del reloj de arena (momento de plenitud) que se decide rebajar el número de enaguas y conseguir el mismo volumen que se conseguía gracias a éstas con un armazón que abullona exageradamente la falda. Estamos hablando de la crinolina (llamada así porque las varillas se hacían con crines de caballo) o el miriñaque

Este armazón, que se podía comprar en tiendas ya especializadas gracias al emergente comercio de la moda (surgen las primeras tiendas en Reino Unido y Francia con diseñadores de renombre. En París por ejemplo, Worth trabaja para la emperatriz Mª Eugenia y marca con su nombre toda la ropa que le confecciona) se colocaba sobre unos pololos, una enagua y un corsé apretadísimo que ya comenzaba a provocar desarreglos anatómicos y alguna muerte por corsé. Sobre la crinolina solía colocarse otra enagua y por último, el vestido ajustado marcando perfectamente la cintura El vuelo de la falda es tan grande y la sociedad victoriana tan decorosa que el largo baja hasta el suelo, impidiendo que se vea más allá de la punta del zapato de las damas y considerando obsceno que un caballero pudiese contemplar el tobillo de una señora. 

Por antonomasia, al estilo de crinolina o miriñaque es al que, por extensión, se conoce como "moda victoriana" aunque también se le puede llamar "vestido de la Guerra Civil Americana" (recuérdese "Lo que el viento se llevó"). 

El traje de día suele ser más sobrio mientras que el de noche se llena de volantes, encajes y sobrefaldas. Los escotes más de moda son los de barco aunque también son estilosos en pico o los redondeados. Los colores para las jóvenes suelen ser cremosos o cálidos, para las casadas más oscuros, pues en bailes y teatros, era a las doncellas a quienes debía verse más para atraer a posibles partidos. 

Paulativamente, alrededor de 1865-68 la cola de las crinolinas comienza a ser más abultada y surge la crinolina elíptica que comienza a sustituir a la redonda. En dos años, ya para la década de 1870, a la par que modistas, sastres y casas de moda se adaptan a los nuevos cambios cada vez más ligeros en la moda femenina, surge el polisón

Se trata de otro armazón cuya vigencia acabará hacia 1890 y en cuyos 20 años de imperio, logrará pasar por cuatro estilos diferentes (primer polisón, Natural Form o "estilo princesa", segundo polisón y Hourglass), cada uno con unas características bien diferenciadas.  


 Este nuevo estilo permitía la silueta de un reloj de arena pero con la falda no tan abullonada, permitiendo "forrar" a la mujer en una segunda piel. Los cuerpos se ajustan cada vez más y las faldas se estrechan, marcando busto y caderas. Surgen nuevos colores como el morado, tan de moda en estos años. Con el polisón surge también el traje de una sola pieza, totalmente abotonado por delante. Los peinados se llenan de postizos, trenzas y roscas imposibles que cubren con sombreros de múltiples formas con todo tipo de abalorios sobre ellos. Se abaratan los costes de la indumentaria, surgen los trajes industriales, realizados a máquina y de manera serial (para poderse comercializar), lo que ya no lo convierte en un producto de lujo y exclusivo. La etiqueta exige además que las damas mantengan un traje de mañana para estar por casa, un traje de visita, otro de paseo, el de montar a caballo, el de tarde, el de baile y el de noche (para cena y teatro). 

Los materiales utilizados son bordados, satenes, terciopelos y sedas para los trajes más elegantes y lana y algodón para los de diario. 

Cansados ya de una moda que impedía libertad de movimientos y unido a los alzamientos de sufragismo e independencia de la mujer, la moda femenina exige que el cuerpo se emancipe del armazón y vuelva a llevar sólo una enagua bajo la falda. Es lo que sucede a partir de 1890


El deseo de poder realizar algunos deportes al aire libre como montar en bicicleta o jugar al tenis provoca que algunas comiencen a utilizar pantalones o bloomers (creados por Amelia Bloomer en la década de 1860) para escándalo aún de una sociedad puritana. Las faldas se hacen sencillas, sin apenas adorno las del día y con un cuerpo de mangas abullonadas y cuello muy cerrado. La cabeza se cubre con un moño sencillo y un sombrero de ala corta y plana o canotier. Hacia 1890 surge el traje sastre, compuesto de tres piezas (falda recta que ya permite ver los botines, camisa y chaqueta) que ya antecede la moda eduardiana que será la que cruce al siglo XX y la que da lugar a la Belle Epoque de 1900. 

No debemos olvidar que junto a esta evolución de la moda, existen complementos que acompañan a la dama a lo largo de todo este siglo: el abanico (llamado "imperceptible" en época Imperio debido a su tamaño), el bolso (llamado "ridículo" en época Imperio también debido a su tamaño) y la sombrilla. Por último, nos gustaría recordar que la moda infantil sigue los mismos patrones que la adulta pero en miniatura, de manera que las niñas visten a lo largo del siglo XIX como sus madres pero de una manera más sencilla. También ellas llevan sus corsés, sus enaguas, pololos, chemisses y naturalmente en la época de la crinolina y polisón, sus armazones correspondientes. El imperio de la moda llega así hasta todas las edades y estratos sociales. 

martes, 6 de junio de 2017

Los gimnasios en el siglo XIX

En la actualidad, la sociedad vive concienciada de que hacer deporte es sano, que hay que mantenerse en forma y que además fortalece los músculos y nos ayuda a perder ese peso que hemos ido ganando a base de comer de más y andar menos. 

Hacer deporte no es nada nuevo. Ya los griegos y los romanos veneraban el cuerpo y la mente con una serie de ejercicios que fortalecían los unos y los otros. Las guerras y los trabajos físicos en el campo ayudaban a la gente a mantenerse en forma aunque más por obligación y necesidad que para cultivar la mente y el cuerpo sano. Durante el Renacimiento los paseos comenzaron a implantarse entre las clases nobles y así comenzaron a surgir parques y jardines destinados al disfrute de los sentidos y de aquellos que se adentraban en sus profundidades. El siglo XVIII potenció esas largas caminatas junto a la caza entre los aristócratas y en el siglo XIX se extendió a la clase burguesa que intentaba imitar estratos sociales más elevados. Y aqui es donde comienza a surgir de nuevo ese culto por el cuerpo y por mantenerse vigoroso el hombre, fuerte en constitución y musculoso en complexión. Unida a la revolución industrial, surgen máquinas para ayudar a los deportistas a que, reforzados por aparatos novedosos movidos por pesas y poleas, encuentren disfrute. En recintos apropiados para ellos, los caballeros pueden realizar deporte con la ropa adecuada sin que por eso se les llame al orden público por escándalo.



Pero en el siglo XIX no solo los caballeros van a disponer de esas máquinas. Muchas damas, bien por prescripción médica contra la histeria, bien por demostrar a la sociedad que ellas también pueden ejercitarse, acuden a estos recintos a mantenerse. 















Y junto a ellas, niños en edad de crecimiento cuyos músculos están en desarrollo o que comienzan a desarrollar atrofia, también son aptos para acudir a estos lugares. Muchas de las máquinas que vemos en estas fotografías, tomadas en el último tercio del siglo XIX que es cuando más proliferan, fueron diseñadas por el doctor sueco Gustav Zander, un médico ortopedista que entendió la necesidad social del deporte y ofreció al público lo que demandaba.

Aunque en muchas ilustraciones las máquinas nos recuerden más a instrumentos de tortura, lo cierto es que los gimnasios proliferaron a lo largo de toda Europa en la década de 1880 (más tarde se extendieron a EEUU) y la sociedad ganó calidad de vida combatiendo la fatiga, el cansancio, la histeria, la atrofia muscular y otras enfermedades. 




martes, 2 de mayo de 2017

Jane Austen en la Fundación Juan March de Madrid

La programación de la Fundación Juan Marcha de Madrid nos acerca en su ciclo de conferencias al personaje de Jane Austen, comentando su vida, su obra y su tiempo. Para todos aquellos que estén interesados en la escritora inglesa, en una de las plumas más importantes de la literatura anglosajona del siglo XIX, las conferencias tendrán luhar el 25 y el 30 de mayo en el Salón de actos de la Fundación, en a C/ Castelló 77 de Madrid. La hora de comienzo es a las 19:30. 


Para aquellos que no puedan asistir, se podrá seguir en directo en el Canal March. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Star Wars en la época victoriana

En alguna ocasión, lo actual o incluso lo futurista se ha mezclado con la época victoriana, como algunas series de televisión, películas, exposiciones o novelas. La imaginación del ser humano no conoce límites pero hasta ahora no habíamos fantaseado con trasladar a los personajes de "La guerra de las galaxias" hasta el siglo XIX y dotarlos de una indumentaria y de una ambientación totalmente decimonónica. ¿O sí?. 



Al ilustrador canadiense Terry Fan se le ocurrió trasladar a C3PO, Dark Vader, Yoda y al General Fett entre otros hasta tiempos lejanos y así demostrar que la fantasía no conoce de fronteras, ni temporales ni artísticas. Y así es como los retrata, como caballeros del siglo XIX con sus sombreros de copa, gabanes, chalecos de los que sobresale la leontina y el reloj de bolsillo... creando auténticas "cartes de visite". 

La galaxia ha llegado a un tiempo muy, muy lejano, está visto. 



jueves, 20 de abril de 2017

Lucy Beaman Hobbs Taylor, la odontóloga pionera

Lucy Beaman Hobbs Taylor fue la primera mujer graduada en Odontología en el mundo. En 1866 obtuvo su diploma universitario en Cincinnati (EE.UU), en la Ohio College of Dental Surgery. Ella deseaba ser médico, pero ninguna universidad norteamericana de la época la aceptó por ser mujer, entonces decidió entrenarse como dentista y después de varios años de práctica sin diploma la universidad permitió su inscripción.

                                                     
Lucy nació en 1833, fue la séptima de diez hermanos nacidos en una pequeña cabaña de troncos en Ellenburg Town, New York. La vida era dura en aquellos tiempos, y para añadir a la triste niñez de Lucy, su madre muere cuándo ella tenía diez años, y su madrastra (ya que su padre pronto volvió a casarse) murió cuando ella tenía doce. Junto a un hermano mayor ingresa a la Academia Franklin en Malone, donde se convierte en maestra en 1849.

Ejerció varios años en escuelas de Brooklyn hasta que se muda a Ohio donde intenta sin éxito estudiar medicina y más tarde odontología, siendo rechazada en todas las universidades del país con el único argumento de su condición de mujer. Su valor extraordinario, motivación y orgullo determinaron que finalmente hicieran caso a sus pedidos y fue aceptada como alumna haciendo una carrera brillante.

                              
Con 33 años de edad, Lucy Hobbs se convirtió en la primera mujer en obtener un diploma universitario como dentista y luego también en la primera mujer en ser admitida como miembro de una sociedad odontológica. Incluso fue la primera mujer en la historia de la Odontolgía mundial en presentar un trabajo científico ante una Sociedad Dental. Después de su graduación, abrió un consultorio en Chicago y, en 1867, contrajo matrimonio con James Myrtle Taylor, un veterano de la guerra Civil que había sido su paciente. Escapando de los fríos inviernos de Chicago, se mudaron a Kansas y Lucy comienza a enseñarle a su marido el arte y la ciencia de la odontología. Practican juntos la profesión en la ciudad de Lawrence, entre los años 1867 a 1907.

                                             
James muere en 1887 y Lucy muere poco tiempo después de retirarse, el 3 de octubre de 1910. Fue sepultada al lado de su esposo en el cementerio de Oak Hill, Kansas. Su diploma se conserva en la colección del museo State Historical Society en Topeka como un significativo documento histórico.

La determinación de esta mujer abrió el camino a la causa de muchas otras mujeres y su espíritu ha sido un ejemplo de esperanza y valor y la guía para muchas otras luchadoras de los derechos de la mujer.

jueves, 16 de marzo de 2017

El crímen de Orcival de Émile Gaborian

Nos declaramos lectores incondicionales de la Editorial D'Epoca y de los misterios que se escribieron en el s. XIX. Aunar dos de nuestras pasiones y que de ello nazca una novela como "El crimen de Orcival" (452 páginas, PVP: 24,90 euros, con ilustraciones de Iván Cuervo. Incluye como obsequio marcapáginas y lámina réplica de la ilustración de cubierta) es sencillamente gratificante.

 
Sinopsis: Se ha cometido un asesinato en el Castillo de Valfeuillu, propiedad del conde de Trémorel. Mientras la policía local de Orcival está convencida de haber encontrado a los culpables y da por concluida su línea de investigación, llega un detective especial de París que se hace cargo del caso y reinicia la investigación con sus propios métodos...
 
Con una soberbia introducción de Juan Mari Barasorda en la que hace un repaso por las novelas de detectives más importantes durante el siglo XIX, sus diferencias y similitudes, lo importante no es descubrir para darle el pódium al escritor que elaboró por primera vez en la literatura decimonónica el personaje del detective amateur sino el analizar qué hace de ese personaje, un gancho para los lectores de entonces y los de ahora.
 
 
La novela encierra un misterio, un asesinato que se presenta en las primeras páginas y que en pocos capítulos, el lector ya sabe desentrañar. A Gaborian le interesa menos el caso que los personajes y sobre todo, el método deductivo que Lecoq lleva a cabo. La primera mitad del libro, más ágil por cuanto encierra el asesinato y las pistas, da paso a una segunda mitad en la que se conoce más a fondo al cuarteto protagonista: Héctor, conde de Trémorel, su esposa Berthe, Clément Sauvresy y Jenny Fancy. Otros personajes como la señorita Laurence Courtois o el padre Plantat también están muy definidos tanto por sus actos como por sus sentimientos. No es una novela de misterio propiamente dicha (aunque sí que encierra varios y sobre todo, un asesinato), sino más bien una en la que, a través de varios enigmas que el autor nos propone, nos sumergimos psicológicamente en el carácter de nuestros protagonistas. De ágil lectura, esta historia redactada en 1866 contiene más diálogos que descripciones y Gaborian, consciente de que no debe aburrir a sus lectores, propone primero un juego de pistas y luego un flashback para que conozcamos la vida anterior de los personajes en una sociedad francesa en la que nada era lo que parecía ser de puertas para fuera.

domingo, 19 de febrero de 2017

Exposición "La moda romántica"

Muchas son las razones para visitar el Museo del Romanticismo de Madrid y pocas las excusas. En estas fechas, a las primeras se une la exposición (en colaboración con el Museo del Traje) sobre "La moda romántica" (Octubre 2016 - marzo 2017) en el que a lo largo de todo el museo (y la sala de exposiciones temporales) se muestran algunos vestidos del siglo XIX abarcando el final del periodo Imperio, el romántico y el de crinolina.
 
 
Las prendas se reparten por las distintas dependencias creando un museo vivo, más acogedor aún, en el que parece que estas prendas sin cuerpo o cabeza (como aquel jinete de Sleepy Hollow extraído de la imaginación de Washington Irving) salen al encuentro de los visitantes para darles la bienvenida y mostrar mejor aún cómo se vivía en los tiempos de la España Romántica.
 
Además de la combinación magistral con el que estas piezas textiles se incluyen en el discurso expositivo, hay que remarcar que se encuentran expuestos sin vitrinas o escaparates, lo que permite la visión global de las prendas y visionar detalles que de otra manera, pasarían por alto como por ejemplo los cierres de los cuerpos, de las faldas o de los chalecos.
 
 
Aunque la selección dispone de más vestidos femeninos, no se olvida del mundo masculino, representado en mucha menor medida y distinguido por Brummell y en menor medida por Mariano José de Larra.
 
 
La figura del dandy está remarcado a través de la levita de "Fígaro" y de dos chalecos que permiten ver sus bordados y la calidad de las telas. Tampoco la exposición se olvida de las revistas de moda que en el siglo XIX surgieron y se popularizaron, permitiendo ver las prendas de verano y las de invierno.
 
Mención aparte merece el traje infantil situado en la habitación de juegos y que permite comprobar que los niños vestían como los adultos en menor escala.
 
Por último, hay que destacar que en el recorrido de la exposición se puede admirar una prenda histórica cedida temporalmente por el Museo Arqueológico Nacional. Se trata del corsé de Isabel II con el que fue apuñalada por el cura Merino y cuya historia ya relatamos en una entrada anterior.
 
 El corsé, obra invitada en el museo hasta marzo, nunca había sido expuesto con anterioridad y es una manera de conocer con detalle un suceso que conmocionó a personajes y prensa de la época. En él se aprecia admirablemente el desgarro sobre la tela que ocasionó el arma, el tallaje del cuerpo de la reina y la fabricación de una prenda íntima que tuvo en el siglo XIX su mayor imperio.
 
En definitiva, os animamos a que visitéis el Museo del Romanticismo, que imaginéis con todo lujo de detalle cómo se vivía hace dos siglos y que os recreeis con las prendas y las historias que destilan.
 

 

 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Arriba y abajo: criados y señores en el siglo XIX

¿A quién no le suena de oídas o ha visto "Downton Abbey" (ITV, 2010-15), "Arriba y abajo" (1971-75) o "Gosford Park" (2001)? ¿Qué tienen en común? Además de la buena ambientación y algunos puntos estéticos más, el que en ellas se refleja con precisión la relación entre la servidumbre y los señores.
 
Para la sociedad victoriana y durante el siglo XIX en general, la familia era lo más importante en la vida, y el hogar, el lugar idílico donde cuidarla. El modelo e icono donde reflejarse era la propia reina Victoria y su esposo Alberto, quienes con sus 9 hijos, eran el espejo en el que las familias británicas se miraban: un hogar pacífico, amoroso y respetable.



En el  rol familiar, el padre era el encargado de mantener a la familia, y sus decisiones eran incuestionables. El papel de la mujer era el de ser buena esposa y madre (de hecho hasta 1882 una mujer casada era propiedad de su esposo, como podía serlo una hacienda o una herencia). En suma: la mujer era, como se fue definiendo a lo largo del siglo,“el ángel del hogar”, una persona que debía hacer de la casa, un lugar apetecible donde a los maridos les gustase estar. Un libro de referencia para todas las mujeres era "Book of Household Management", escrito por Elizabeth Beeton (existe una película relativa a su vida) donde la autora daba consejos para convertir a la mujer en una perfecta ama de casa y anfitriona.
 
 
Las familias eran frecuentemente numerosas (en las clases bajas porque todos echaban una mano en el trabajo y en las clases elevadas para asegurarse la perpetuidad del linaje y del apellido, ya que era alto el índice de mortalidad infantil. Hay que recordar que la sociedad no aceptaba los métodos anticonceptivos, por lo cual, no existía control alguno). En la aristocracia y en la burguesía, los niños eran criados con reglas estrictas, donde la obediencia era parte esencial de su educación. La vida de los niños se desarrollaba en las habitaciones de juegos, donde las niñeras se ocupaban de sus lecciones, juegos y comidas. Luego vendrían las institutrices para impartirles una educación más completa y sofisticada. Por lo general, los varones eran enviados a escuelas privadas mientras que las niñas, solían quedarse en casa aprendiendo de estas institutrices.

Este personal (tanto niñeras como institutrices) solía vivir en la planta noble de las casas, pero en habitaciones mucho más modestas, pequeñas y alejadas del núcleo principal o bien compartían dormitorio con el objeto de su trabajo. Los sirvientes "comunes" que toda casa disponía (en función de sus ingresos, podían existir cocheros, lacayos, mayordomos, ayudas de cámara, amas de llaves, doncellas, cocineras, pinches de cocina ...) vivían en la planta baja y cada uno de ellos usaba un uniforme diferente según su trabajo y su rango. Todos ellos formaban una pequeña familia, puesto que solían entrar a servir siendo muy jóvenes y solían permanecer toda su vida en esa casa. Por lo general, no se casaban o si lo hacían, era entre ellos para no perjudicar su trabajo en casa de sus señores.
 

Los niños eran quienes más se relacionaban con ellos; la señora debía controlar que no existiese conflicto entre ellos y que el servicio cumpliese con sus obligaciones. Diaria o semanalmente se encargaba de organizar con la cocinera las comidas y cenas, tanto ordinarias como de gala, que se celebrasen en el hogar. Para su arreglo personal, contaba con una o varias doncellas. El señor hacía lo propio con su ayuda de cámara, por lo general, personas de su total confianza.


Las referencias (sobre todo literarias) sobre las relaciones entre los de arriba y los de abajo, son constantes en el siglo XIX y no están excluidas de polémica, pues el escándalo podía saltar cuando el señor de la casa o el hijo se aprovechaban de una criada y ésta acababa encinta. Desde la misma casa, se ocultaba el escándalo con un acuerdo que en la mayoría de los casos consistía en el despido de la sirvienta y algo de dinero para mantener el secreto.
 
Con el estallido de la primera guerra mundial, muchos aristócratas vieron innecesario el mantenimiento de tanto servicio a su cargo. La frivolidad y el paso de las modas provocaron que las haciendas se hiciesen más pequeñas, los núcleos familiares más reducidos y la atención doméstica, más escasa, produciendo así que la línea entre los de arriba y los de abajo, fuese cada vez menos notoria.  

jueves, 19 de enero de 2017

La Belle Époque

Hay muchas veces que en Arte o en Moda usamos el término “victoriano”, “eduardiano” o “Belle Époque” para designar a un periodo histórico concreto. Si las dos primeras acepciones provienen del inglés y abarcan en el caso del primero el reinado de la reina Victoria (1837-1901) y en el caso del segundo, el periodo del rey Eduardo (1901-10), la “Belle Époque” procede del francés para designar aquel periodo tan boyante en el país franco, abarcando desde aproximadamente 1890 hasta la primera guerra mundial.



Precisamente con el estallido de la contienda, fue cuando se afianzó este término de “la bella época” para recordar con nostalgia aquel pasado de esplendor en el que Francia fue una potencia a nivel cultural, creativa, económica y de libertad. París, por aquel entonces, era la capital icónica de la moda y las artes (el modernismo, el cinematógrafo, el cartelismo…) a la que imitaban el resto de ciudades en cuanto a modernidad, avance y estilo.
 
Sus calles y bulevares resplandecían en torbellinos de alegría, pasión y arte. Las exposiciones universales de París de 1889 (con la famosa torre construida por Eiffel y símbolo ya de la ciudad eterna) y de 1900 difundieron aún más el glamour de esos años felices, desapareciendo bajo el estallido de las bombas, la miseria y los años de penuria y desgracia de la Gran Guerra.